El Bosque de los dioses. tributo
Cecilia Lavalle

Cecilia Lavalle

El bosque

Siempre se ha dicho que la naturaleza es sabia. Pero había olvidado que su sabiduría me abarca. Vengo de un bosque que me dio algunas lecciones.

Cuando dicen que la naturaleza es sabia, a menudo quieren decir que es sabia para sí misma. Es decir, que ella sabe qué hacer cuando la desacomodamos o le causamos daño. Pero no recordaba que puede ser sabia también para mí, para la humana que soy.

Esto no es ninguna novedad para quienes han logrado establecer un íntimo contacto con la naturaleza, para aquellas personas que tienen la certeza de que todos los seres vivos compartimos algo, o mucho.

Pero, aunque comprendo y respeto lo que dicen, lo cierto es que yo no soy, aún, de esas personas. Nunca he abrazado un árbol, por ejemplo. Aunque en mi descarga diré que he dejado que me abrace el mar.

Pensándolo bien, tal vez no he abrazado un árbol porque yo soy de mar. Es decir, el mar forma parte de mi paisaje desde pequeña.

Recuerdo a mi padre viajar desde la Ciudad de México a su tierra natal, Mérida, como quien va a un lugar sagrado. Y en los viajes que emprendíamos toda la familia por carretera, que me parecían larguísimos, mi padre nos solía decir: “ven esa montaña, detrás está el mar”. Y el mar era la tierra prometida. Era la certeza de haber llegado a destino.

Por eso cuando en Champotón, Campeche, la carretera de pronto nos entregaba de frente el mar, el alma se llenaba de algarabía, más que los ojos frente al verde, más que la piel frente a la humedad.

Aún me produce esa sensación el mar de Champotón cuando voy a Campeche por carretera. Y me devuelve de golpe mi infancia y a mi padre. Y lo veo tomando de la mano a mi hijo primero, y a mi hija después, para entregarles el mar como una herencia sagrada.

Soy de mar. Y el mar me ha entregado secretos que atesoro.

Pero el bosque no. No había tenido oportunidad. Aunque de un tiempo acá me llamaba a gritos.

Cuando mi hijo agonizaba a causa de un cáncer que se lo llevó antes de poder digerir siquiera que estaba enfermo; recuerdo que deseé estar en un bosque. Y eso me sorprendió. No hice caso. En cuanto pude me fui al mar. No obstante la idea (acaso deba decir el anhelo) del bosque seguía ahí asomándose de vez en vez, de manera discreta pero persistente.

Hace unas semanas tuve la oportunidad de estar en uno, que no sólo me llenó los ojos de belleza en colores ocre, sino que me entregó mensajes que mi alma en duelo necesitaba escuchar.

Me mostró que para aceptar hay que soltar. El maple, por ejemplo, acepta la llegada del otoño soltando cada una de sus hojas. Dejar ir es parte del proceso.

Me mostró que aceptar no significa resignarse. Significa aceptar con cada célula de mi ser que la vida y la muerte son parte de lo mismo.  

Me enseñó que, a veces, el invierno se recibe denudo. Hay árboles que pierden cada una de sus hojas. Otros no. Pero los que pierden sus hojas no sobrevivirían al invierno si se quedaran vestidos de otoño. El invierno que representa mi duelo, me requiere a flor de piel.

Y cuando toqué un árbol desnudo, y lo sentí fuerte, entero, me enseñó que a los peores inviernos se puede resistir de pie y reverdecer de nuevo en primavera.

No sé cuándo pueda ser árbol en otoño para resistir de mejor manera mi invierno. Pero ahora ya sé por qué necesitaba ir al bosque.

Sí, la naturaleza es sabia, y también generosa.

18/CL

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