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Tengo el entusiasmo casi a flor de piel. Es un entusiasmo burbujeante. Estoy por entrar a lo que se suele llamar el sexto piso. ¡En unos días cumplo 60 años!

A decir verdad, no recuerdo haber recibido un cumpleaños con indiferencia o disgusto. Incluso en mis horas más oscuras, cuando mi hijo ya estaba muy enfermo de cáncer, recibí mi cumpleaños con alegría; y guardo en el alma el scrabble que jugamos ese día, y que le gané sólo por dos puntos (queda la sospecha, claro, de que me haya dejado ganar como regalo de cumpleaños).

Luego vinieron tres duros años de duelo; pero ni así llegó mi cumpleaños con indiferencia. Aunque es cierto que tuve que hacer un esfuerzo por celebrar, y complacer así a mi amada hija, quien se esmeró para que cada reunión familiar fuera gratamente memorable.

De modo pues, que no es una novedad que yo esté contenta por cumplir años. Pero lo cierto es que no sólo estoy contenta; estoy muy entusiasmada.

¿Qué me entusiasma de cumplir 60 años?

Para empezar, estar viva. En medio de una terrible pandemia, aún indomable, sin duda es un regalo estar viva y estarlo de manera saludable. Así que ya “sólo” eso me entusiasma.

Además, estoy viva en una época muy interesante.

Ser mujer nunca ha sido sencillo, las camisas de fuerza y las violencias que imponen los prejuicios han sido más o menos oprimentes según los tiempos. Y asumirse feminista –en cualquier época- agrega una buena dosis de complejidad. Con todo, es un lujo vivir en épocas de cosecha y de siembra.

A mi edad encarno los ideales que otras feministas sembraron en el pasado, reciente o lejano. Y también alcanzo a ver cosechas que yo ayudé a sembrar. Por ejemplo, yo pude usar pantalones, hablar en voz alta, no aprender a bordar porque no me dio la gana, acceder a una carrera universitaria y salir a votar en cuanto cumplí 18 años. Todo eso, lo sembraron otras. Pero también puedo apreciar mi grano de siembra al ver cómo se instaura la paridad, y apreciar el trabajo que hacen feministas en distintos cargos de toma de decisiones.

Por si fuera poco, es maravilloso atestiguar la presencia vigorosa del relevo, representado en las jóvenes feministas que ya entraron al escenario.

Me siento afortunada, pues, de vivir los procesos civilizatorios y democráticos que siembra el feminismo, contra viento y marea.

De cumplir 60 años también me entusiasma tener mucha claridad y un buen manojo de certezas en algunos temas. Pero, al mismo tiempo, estar llena de dudas porque se han colocado nuevos interrogantes, o han surgido nuevos escenarios que nos exigen reflexión y postura.

Asimismo, me entusiasman los desafíos que la pandemia me plantea con respecto a mi trabajo. Uno de ellos ha sido el que representan las nuevas tecnologías, que son como una carretera de alta velocidad. Solía decir que en esa carretera yo estaba en un “volchito” que avanzaba en el acotamiento.

Pero la pandemia me ha obligado a arremangarme el miedo y entrar a la vía rápida. Aún entro y salgo, he de confesar; pero ya empecé a moverme con más fluidez y ya acordé algunas asesorías; así que estoy ilusionada por tener nuevos aprendizajes, guiada por docentes jóvenes.

En resumen, cumplo 60 años y -aunque mi cuerpo puede tener diferente opinión- me siento mejor que nunca.

Sexto piso: ¡aquí estoy!

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