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Las crisis son como grandes tormentas. Y, algunas, nos traen pérdidas importantes. La muerte de mi hijo fue, para mí, como naufragar en plena tormenta. ¿Cómo llegué a la playa? 1

Cuando se vive un naufragio no sabemos cómo vamos a salir de ahí. Y tampoco tenemos fuerza ni energía para averiguarlo. A duras penas nos mantenemos a flote.

En las dos entregas anteriores reflexioné respecto a las pérdidas y el dolor. Aquí reflexiono en mis aprendizajes para llegar a la playa.

Primero tuve que desaprender que hay que ignorar, minimizar y acallar el dolor –como le conté en la entrega anterior– y aprender la enorme importancia de permitirme sentir el dolor. Ese fue, quizás, el aprendizaje más valioso. Pero también tuve que desaprender que “el tiempo lo cura todo”.

¡Es falso! Para empezar, cuando se vive un duelo se pierde la noción del tiempo. Ayer y mañana, no significan gran cosa. Hace un mes o un año, tampoco. Así pues, el tiempo deja de ser una unidad de medida confiable.

Y, para terminar, la función del tiempo no es otra sino transcurrir. Así que el tiempo no cura. Lo que hagamos con ese tiempo puede o curar o no.

Imagine la enorme herida en la rodilla de la que hablé en el artículo anterior, ¿se curaría sola, con el tiempo? Claro que no. Hemos de limpiarla y cuidarla. Y volver a limpiar y volver a cuidar las veces que sea necesario, hasta que nos aseguremos que no está infectada y que ha comenzado a cicatrizar.

El tiempo transcurre igual si hacemos algo o no. Lo que sana no es el tiempo, sino lo que hagamos.

Ante una pérdida lo primero que se requiere es valentía y voluntad para no hundirse. Es un acto de voluntad al que debemos obligarnos cada día. La enrome herida en la rodilla, ¿la limpiaríamos sin obligarnos? Ahora imagine que esa herida la tiene en el corazón. Se necesita toda la voluntad para limpiarla.

Y limpiar la herida por una pérdida quiere decir llorar a mares.

Pero no es suficiente. Necesitamos también curar. Y en ese punto se necesita ayuda.

En mi caso, fueron las letras y algunas amistades. De igual manera busqué faros. Así encontré, por ejemplo, que la gratitud es una puerta por la que entra la felicidad. Y, como propone Tal Ben-Shahar, me obligué a escribir, cada noche, cinco cosas por las que podía sentirme agradecida.

Todo eso fue material para reconstruir mi barca y volver a navegar.

Rearmar la barca tras una pérdida es una tarea de enorme envergadura. Así que si lo que se tiene a la mano no es suficiente, no lo dude, pida ayuda especializada.

En mi experiencia, al permitirnos sentir el dolor, tratarnos con paciencia y cariño, y poner todo nuestro esfuerzo, voluntad y disciplina, comenzamos a navegar hacia la playa.

Llegar a la playa representa sobrevivir a un naufragio, con un puñado de aprendizajes, sintiendo el dolor, pero también alegría y gratitud por lo que nos regala la vida.

Aprender a llegar a la playa no evita que tengamos otras pérdidas. Pero nos deja la certeza de que no nos ahogaremos.

Si usted ha naufragado, no se rinda. Puede llegar a la playa. ¡Se lo aseguro!

1 He compartido mi experiencia en el libro Claves para atravesar la tormenta (Mis aprendizajes para vivir el duelo), disponible gratuitamente en portales de libros electrónicos.

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