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El tema es polémico. Lo ha sido desde hace siglos. Y suele haber dos posturas antagónicas y, en general, irreconciliables. Pero siempre es así con los derechos de las mujeres. Siempre.

Para un padre o una madre que ahora se esfuerza al máximo a fin de que su hija tenga educción universitaria, no fue tema de acalorada discusión si debía aprender a leer y escribir. Y, sin embargo, durante siglos millones de mujeres tuvieron prohibido aprender sólo porque nacieron mujeres.

Ese hipotético padre o madre, no tuvo que enseñar a leer a su hija a escondidas, rogándole que no lo comentara con nadie porque podía recibir enorme rechazo social. Y, sin embargo, en otros siglos, padres o madres abrieron a sus hijas un mar de posibilidades que estaban restringidas socialmente.

Esa niña que, imaginemos, fue ávida lectora, no tuvo que elegir recluirse en un convento con tal de poder seguir leyendo y escribiendo. Porque, en efecto, los conventos se llenaron de mujeres que “sólo” querían estudiar y saber.

Si esa misa niña hubiese nacido en el siglo XIX hubiera tenido que estudiar interminables horas de educación musical o economía doméstica, porque las matemáticas, la física, química o cualquier otra ciencia estaban vedadas para las mujeres.

Muy probablemente hubiese tenido que soportar, también, escupitajos, pedradas y otros malos tratos al ser de las pocas que, contra viento y marea, decidió estudiar bachillerato. Y, después, debió escuchar las clases tras una cortina o estudiar anatomía por su cuenta para aprender medicina. Y quizás, al final, resignarse a no obtener título, pese a sus excelentes calificaciones, pues no se otorgaba título a mujeres para que no pudieran ejercer su profesión.

Leer, escribir, estudiar en una escuela, obtener un grado universitario estuvo vedado para las mujeres de nuestro país, como ahora lo está para mujeres de otros países. Y conseguirlo, supuso debates acalorados, insistencia y resistencia ante los ataques de quienes se negaban, bajo distintos argumentos.

Trabajar y ganar un salario, abrir un negocio, votar, ser postulada para un cargo de elección popular, ocupar un cargo de toma de decisiones, también estuvo prohibido para las mujeres de nuestro país. Como ahora lo está para mujeres de otros países.

En el caso del derecho al sufragio, el debate fue muy ríspido. Las sufragistas de medio mundo tuvieron que aguantar insultos, vejaciones, y lo que ahora consideraríamos como violencia verbal, emocional, económica y política.

En Estados Unidos e Inglaterra, muchas fueron apresadas y, cuando se pusieron en huelga de hambre, fueron torturadas.

A muchas les quitaron a sus hijos e hijas. Perdieron bienes, dinero, novios, esposos, familia, amistades, salud, bienestar.

De modo que no es inusual que exista un enorme debate por el derecho de las mujeres al aborto (también llamado derecho a decidir).

Conseguir cada derecho de los que hoy gozamos ha representado trabajo, acciones, argumentos, debates, sacrificios, frustraciones, sangre, sudor y lágrimas.

No será terso. Nunca lo es. Tener derecho sobre nuestro cuerpo es algo impensable para quienes a lo largo de la historia han dispuesto del cuerpo de las mujeres.

Pero ha llegado el momento. ¡Por la vida y la libertad de las mujeres!

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