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Si pudiera viajar en el tiempo visitaría a Laureana Wright.

La encuentro enfundada en su largo vestido blanco de cuello alto, muy propio de las mujeres del siglo XIX. Revisa los artículos que publicará en su revista Violetas de Anáhuac, en la que sólo escriben mujeres. Lee un artículo que argumenta sobre el voto de las mujeres. Es cierto, digo en referencia a lo que dice el texto, si no podemos expresar nuestra voluntad mediante el sufragio, a qué voluntad nacional se refiere la autoridad. Levanta la vista como si me hubiera escuchado, pero siento un gran vértigo y cuando se disipa estoy en otro lugar.

En el calendario colgado en la pared veo que es 1906. Ahí hay un grupo de amigas discutiendo la importancia del voto para las mujeres. Toman la decisión de formar el grupo “Las admiradoras de Juárez”. ¡Es Hermila Galindo!, me digo, y está con Eulalia Guzmán y Luz Vera. Me acerco a Hermila y le susurro: “no desistas, lo conseguirán”.

Mientras me desvanezco veo como mira todos lados y luego asiente, como cuando creemos haber escuchado algo y luego sostenemos que, en realidad, fueron nuestros pensamientos.

Aparezco en una habitación en la que se encuentra una mujer vestida con traje y corbata. Sin duda es Juana Belem Gutiérrez. Lee un documento fechado en marzo de 1911: “Que el primer magistrado dirija al Congreso de la Unión una iniciativa pidiendo que a las mujeres les sean reconocidos los mismos derechos que a los hombres, en lo que se refiere a votar y ser votadas en las elecciones para el desempeño de puestos públicos”.

¡Es un texto que harán público, y ya tienen 400 firmas!

Iba a aplaudir, pero siento un jalón que casi me deja sin aire y de pronto me encuentro en la butaca de un hermoso teatro. Muchas mujeres caminan por los pasillos. Discuten. Por su vestimenta me doy cuenta, ¡estoy en el Teatro Peón Contreras, en Mérida! Es el Primer Congreso Feminista.

Me quedo el tiempo suficiente para ver cómo pierde la votación el grupo que pugnaba por el derecho a votar y ser votadas. Veo a Francisca Ascanio enojada y escucho a Porfiria Ávila decir: “Seré perseverante. Soy vieja, pero no le hace. Hoy no he conseguido mi propósito, pero con el tiempo lo conseguiré”. Y yo grito: ¡Lo conseguirán, no desistan!, pero hay tal alboroto que nadie me escucha, y yo vuelvo a sentir el vértigo que ya me es familiar.

Aparezco en el Zócalo de la Ciudad de México. Hay una manifestación. Son cientos de mujeres. Exigen el derecho al voto. En una de las pancartas, que es larga y cargan entre dos, se lee “Frente Único Pro Derechos de la Mujer”. Seguro es 1935 o 1936. Busco entusiasmada a Margarita Robles, a Cuca García, a Adelina Zendejas, a Soledad Orozco, pero no las encuentro, hay muchas mujeres que gritan consignas, hay alegría; pero también les escupen, les tiran cáscaras de sandía, tomates y huevos podridos.

A una de las compañeras de marcha le susurro: no desistan, lo conseguirán el 17 de octubre de 1953.

Si pudiera viajar en el tiempo, sin duda visitaría a las sufragistas mexicanas para decirles básicamente tres cosas: tienen razón, no desistan y ¡Gracias!

Sobre todo, creo que diría: Gracias, Gracias, Gracias, porque su insistencia, resistencia y resiliencia permitió que, a 68 años de distancia, el ideal se llame: Paridad un todo.

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