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La tentación no es nueva. Ser eternamente joven ha sido una ocupación para muchas personas que han invertido en ello, desde hace al menos 2 mil años, tiempo, dinero y esfuerzo. Y hasta hace poco me importaba el tema, pero cumplir 60 años me obliga a reflexionar.

Desde que recuerdo ser “vieja” o “viejo” es una mala palabra. Se relaciona con lo inservible, lo que estorba, lo feo. Y, claro, por oposición, la juventud se asocia a lo esplendoroso, indispensable, bello.
Tan se venera la juventud que se utilizan eufemismos. No se nos llama viejos o viejas, sino “personas adultas mayores“. Y yo me pregunto, por qué a la gente joven no se les llama personas adultas menores.

También se usan diminutivos, que en nuestro país lo mismo reflejan compasión que desprecio que cariño. No se dice anciano sino ancianito.

Esta reverencia por la juventud hace que mucha gente se esfuerce por decir –y creer- que no envejecen, que viejos los cerros y reverdecen, y que lo importante es ser joven de corazón.

Todo ello sin contar los millones de pesos que se mueven en la industria de la cirugía plástica para hacer que las personas, particularmente las mujeres, parezcan más jóvenes; a veces a costo de tener por completo otra fisonomía, o parecer grotescas caricaturas de sí mismas.

Pero el colmo es que cada vez hay más científicos –y empresas detrás con mucho dinero- que afirman que la vejez es una enfermedad y, por lo tanto, hay que curarla.

Al margen de la discusión, a mí me parece que el problema es de perspectiva. ¿Por qué no está bien ser vieja o viejo?

Para eso tenemos que salir de los absolutos. Porque lo cierto es que ni ser joven es lo mejor que puede pasarle al ser humano, ni la vejez es lo peor. No es blanco y negro. Hay muchos grises y morados y azules y rojos y amarillos y verdes en medio.

Si nos salimos del blanco y negro podemos apreciar que distintas etapas tienen diferentes ventajas y desventajas. En efecto, a los 20 tenía una energía y una vitalidad que hoy no tengo; pero también tenía menos certezas y menos paz.

Y podrían decirme: “¡Sería fantástico que tuvieras esas certezas y esa paz mezcladas con la energía y la vitalidad de los 20!” Pero, claro, si tuviera esa energía no tendría esta paz, y si tuviera esa vitalidad correría tantos riesgos que mis certezas se irían por un despeñadero.

Concluyo, entonces, que no se trata de reunir artificialmente lo mejor de las dos etapas. Se trata de aceptar y vivir plenamente ambas. Con sus blancos, negros, grises y demás colores.

También sostengo que deberíamos apreciar la belleza, la utilidad, la energía, el esplendor de la vejez. Es verdad que no es como la de la juventud. Pero no tiene que serlo. Es diferente, pero no por ello es negativa o tiene menos valor. Es más, la juventud no tendría que ser el parámetro.

Yo no utilizaré eufemismos. Entro de lleno a la etapa de mujer vieja. Y entro entusiasmada, con los sentidos aguzados, que es como debe entrarse a las aventuras.

Vindico, pues, mi derecho a ser una mujer vieja. Y declaro que ser vieja es también ser capaz, inteligente, audaz, bella, tener planes, sueños, ideales, estar activa, entusiasmada, y en plena fase de aprendizaje.

Declaro, en fin, que estoy en una de las mejores etapas de mi vida.

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