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Hay una tira cómica, del maravilloso Quino, en la que Mafalda ve en el cuarto de su madre un tarro que dice “crema de belleza”; lo abre, toma un poco del contenido en sus manos, lo esparce sobre su cara, espera unos segundos y luego se mira al espejo preguntando: ¿Y?

Imagino que muchas personas empezaron así el 2021. Con la certeza de que el 1 de enero todo habría cambiado, y a estas alturas están, como Mafalda, preguntándose: ¿Y?

Supongo que creer es parte de nuestra naturaleza humana. De hecho, a lo largo de nuestra historia hemos inventado inframundos y olimpos con diversas deidades; y también religiones con un solo Dios (que cada religión proclama como “verdadero”) y que, en función de la época o sus profetas o sus líderes, o sus creyentes, es más o menos generoso, temible, compasivo, amoroso, vengador o dadivoso. En cualquier caso, infiero que creer en algo más allá de nuestra simple y mundana humanidad está en parte de nuestro remoto ADN.

Pero, de igual modo, hemos inventado la medición del tiempo. Así, creamos un sistema de años, meses, días, horas, minutos, segundos, y eso que ahora llamamos zeptosegundos. Todo para dotarnos de algunos parámetros en los que podamos movernos con ciertas certezas en la incertidumbre, que es, en sí misma, la vida.

Así pues, muchas personas llegaron al fin de año con la firme creencia de que 2020 podía desandarse, eliminarse, y que en 2021 todo habría cambiado.

¿Y?

Y me acordé de Mafalda.

Y me acordé, también, del escritor Augusto Monterroso, que hoy podría escribir: “Y cuando despertamos, el virus seguía ahí”.

Y todo indica que seguirá ahí por largo tiempo.

Y podemos querer desaparecerlo. O valorar y reflexionar en las lecciones que nos deja involuntariamente.

Y podemos aprender de lo que, a partir del tremendo desafío que ha representado, se ha hecho bien y lo que no. A nivel personal y social.

Y podemos cambiar lo que creemos que debemos cambiar. Cada minuto podemos hacerlo, claro; pero el invento del calendario nos da el pretexto de comenzar ahora.

¿Y?

Y la vida sigue. No para todas las personas. No de la misma manera. Pero sigue. Y como aprendí en mis horas más oscuras, sigue conmigo, sin mí o a pesar de mí.

Así que aquí estoy, dispuesta a que la vida siga felizmente conmigo. Dispuesta a vivir cada día tan bien como pueda.

Aquí estoy inaugurando formalmente un nuevo año, abrazándolo con una humeante taza de café, y con mucha gratitud por, como dice mi hija, lo que soy, lo que tengo y lo bueno que viene a mí.
Aquí estoy abriendo mi nuevo calendario de pared (de Mafalda, por supuesto), que comienza el mes con una imagen en la que esa simpática e irónica rebelde con causa, dibuja una sonrisa a un montículo de arena.

Aquí estoy abriendo mi nueva agenda, emocionada por todas esas páginas en blanco, que me recuerdan que nada está escrito, que el misterio es parte de la vida, y que lo que yo haga con eso y con las oportunidades, y con los desafíos, me permitirán, si gozo de vida y salud, llenar esas páginas.

Aquí estoy, pues, esperando emocionada la llegada de febrero para cumplir 60 años.

Y aquí estoy, feliz de que las primeras letras que tecleo este año sean para platicar con usted.

¡Feliz 2021!

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