Atentamente

La paridad está en el banquillo de las acusadas. Y no es que antes haya gozado de popularidad. Más bien la soportan a duras penas.

La verdad sea dicha, a lo largo de la historia ningún derecho conseguido por las mujeres ha causado gracia alguna (excepto a millones de beneficiarias, claro).

E, invariablemente, la reacción de los sectores más conservadores incluye fantasías catastróficas que van desde la disolución familiar (y quieren decir de todas las familias del país de que se trate) hasta el caos generalizado.

Pero el ámbito en el que se ponen muy densos (y convergen conservadores y varios que se asumen liberales) es el del poder. Ahí sí les parece el acabose.

Para decirlo rápido: que las mujeres ejerzamos en igualdad nuestro derecho al poder político les enfada, les sulfura, les provoca soponcios y supiritacos.

Contra viento y marea, huracanes y tsunamis conseguimos primero el voto (1953), luego cuotas de género para obligar a los partidos a postular mujeres (1993-2008), después la paridad (2014) y recientemente la paridad en todo (2019).

Todo ese recorrido lo narramos Teresa Hevia Rocha y yo en nuestro reciente libro El deber de la memoria. Del derecho al voto a la paridad en todo (formato digital, de venta en Amazon, Gandhi, entre otras).

La paridad es la mitad del poder en todos los ámbitos. Y ahí donde ha echado raíces ha demostrado mejorar la democracia y ser un pilar de la paz.

La lógica es simple: Somos la mitad de la población, tenemos derecho a la mitad del poder, a la mitad de todos los espacios donde se toman decisiones que afectan nuestras vidas.

Su problema es que la paridad termina con su privilegio. El privilegio de los señores que se han creído dueños de todas las sillas del poder. Por eso, hacerla obligatoria ha sido fundamental en muchos países.

Y entonces dicen cosas como: se va a derrumbar la democracia (tan bien que va sin nosotras). Se acaba la meritocracia (tan buenos méritos que lucen los señores). Se elige por genitales y no por experiencia (y, claro, un solo tipo de genitales siempre tiene más experiencia), similares y conexas.

Las pedradas más recientes a la paridad surgieron con la selección de candidaturas a gubernaturas del partido en el poder, Morena.

El detonador fue que, para el gobierno de la Ciudad de México, no fuera postulado un señor -al que, dicen, favorecían ampliamente las encuestas, método del proceso interno de selección de ese partido- sino una mujer que, dicen, estaba muy por debajo del señor en las encuestas.

Y yo francamente no entiendo. Para este proceso electoral los partidos están obligados a postular a gubernaturas a cinco mujeres y cuatro hombres. Pero cada partido decide cómo va a tomar esa decisión, a quiénes postulará y dónde.

Muchos quedaron descontentos -por decir lo menos- porque ese partido, al parecer, no cumplió con sus propias reglas de selección, desconoció al ganador y postuló a una mujer.

¿Qué culpa tiene la paridad? La paridad no especifica que sea en la Ciudad de México y no en Yucatán, por ejemplo, donde se deba postular a una mujer.

Así que, y cito a mi querida Bety Cosío, compañera de Mujeres en Plural: “Quiero dejar bien claro que yo no tengo la culpa de los desatinos políticos. Atentamente La paridad”.

23/CL

Comparte este artículo

¿Te gusta mi contenido?

Suscríbete para recibir alertas sobre nuevos artículos, eventos, charlas y más actividades. 

Firma Cecilia Lavalle
Skip to content