Damita

De pronto me volví invisible. Fui reducida a una especie de fantasma. Y el que adquirió una magnitud descomunal fue el señor que me acompañaba. No. No fue un acto de magia. Fue machismo simple y llano.

Le cuento: Mi esposo y yo decidimos celebrar nuestro aniversario de bodas. Hacía tiempo que no podíamos hacerlo precisamente en el día y hora señalado, en principio porque la fecha no ayuda.

Nos casamos un 14 de septiembre. Y cuando mi hijo e hija estudiaban en otra ciudad, solían visitarnos en esos días en los que hay puente vacacional. Así que festejo sí había, pero no mucho espacio para celebrar “cosa de dos”, como canta Eugenia León.

Años después, a mi amado hijo se le ocurrió -¿por qué no?- casarse ese mismo día. Entonces ese año todo se volcó, como debe ser, a preparar y celebrar a otros dos cuya historia comenzaba.

Y luego, ya sabe, la vida nos metió el pie con la enfermedad y fallecimiento de mi hijo, y el ánimo para celebrar tardó en recuperarse.

Este año decidimos ir a la playa a celebrar 36 años de vida en común. Decidimos recordar las muchas cosas gratas que hemos atravesado juntos, abrazar la vida, mirar para atrás con gratitud y alegría. Y no empacamos ni a la tristeza ni a la nostalgia. Eran cuatro días en modo “cosa de dos”.

El restaurante que elegimos para celebrar estaba precioso, y el menú sonaba delicioso. Pero justo al sentarnos me empezaron a “borrar”.

El elegante mesero saludó: “Buenas noches Señor”, y a mí me sonrío con amabilidad. “¿Qué gusta tomar el Señor?” Mi esposo me señaló para dejar implícito que yo ordenaría primero, y él volteó, sonrió y espero mi petición. Nada de “¿qué va a tomar la señora?” (aunque fuera así, en minúsculas).

Conforme avanzó la cena me fue convirtiendo en fantasma. “¿Todo bien Señor?” “¿Necesita algo más Señor?” “¿Qué le pareció la sopa Señor?” La opinión de “El Señor” (así, en mayúsculas) bastaba y sobraba.

Eso se llama machismo que, en pocas palabras, se compone de todas las actitudes y fórmulas culturales que sostienen que los hombres son superiores a las mujeres. Por eso a los actos violentos de hombres contra las mujeres se les llama violencia machista. Y sostenemos, claro, que el machismo mata.

Pero hay acciones más sutiles, que son, digamos, simbólicas. A esas “sutilezas” que de manera consciente o inconsciente invisibilizan y desvalorizan a las mujeres se les llama micromachismos.

Quien presta un servicio tiene claro que su buen desempeño se compensa con una buena propina. De modo que entiendo que el mesero no tenía la intención de invisibilizarme o restarme valor; pero lo hizo. El machismo inculcado se le coló sin filtros.

En su formación cultural, mis deseos y opiniones no tenían la misma importancia ni el mismo valor que las de mi esposo. Así que el que debía irse satisfecho con la atención y el servicio era “El Señor” (así, en mayúsculas).

Como no estaba dispuesta a que nada me arruinara la celebración, mi esposo y yo empezamos a hacer apuestas de lo que diría la siguiente vez que se acercara a la mesa.

Al final perdí. Porque contra mi pronóstico, al despedirse de nosotros yo “reaparecí”. En diminutivo. “Buenas noches damita”. El mesero nunca entendió porqué mientras nos alejábamos nos reíamos de buena gana y mi esposo me cobraba una apuesta.

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Firma Cecilia Lavalle
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