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A veces se nos olvida lo prodigioso que es volar. Bueno, en realidad no volamos. El avión sí. Pero eso no le resta un ápice de prodigio.

Imagino la cara de Wilbur y Oliver Wright cuando vieron volar a Flyer -como nombraron a ese artefacto- en diciembre de 1903. Les duró 12 segundos el gusto, pero deben haber sido los 12 segundos más extraordinarios de su vida.

Imagino también el éxtasis de Alberto Santos Dumont, quien tres años después logró trasladarse 60 metros en un artefacto autopropulsado (el de los hermanos Wright fue lanzado). Fue la primera que un aparato lograba volar solo, así que el señor Santos debe haberse sentido todo un halcón, así sólo fueran 60 metros.

Sólo cuatro años más tarde, en 1910, Raymonde de Laroche, fue la primera mujer en obtener su licencia como pilota (sí, se dice pilota). Ella comenzó a volar en aerostatos, pero en 1913 logró volar cuatro horas sin escalas. Las cuatro horas más gloriosas de su vida, supongo.

Un año antes, en 1912, la pilota Harriet Quimby había conseguido la hazaña de sobrevolar el Canal de la Mancha, pero las primeras planas de los periódicos se los llevó el hundimiento del Titánic. Aun así, creo que a Harriet ni eso pudo borrarle la increíble sensación de triunfo.

Amelia Earhart es más famosa. Y sabemos de su sonrisa, su pasión por volar, su determinación por cruzar sola el océano Atlántico en 1932, y de su muerte en el intento de darle la vuelta al mundo en 1937. Puedo imaginar su gozo mientras miraba el inmenso azul del mar bajo sus pies.

No. En realidad no creo que mi imaginación alcance a rozar siquiera la sensación de plenitud, felicidad, logro, que todas estas personas tuvieron al volar; del mismo modo que ellas no alcanzarían a comprender que ahora, para millones de personas, eso de volar nos resulte rutinario.

A mí me resulta rutinario. Buena parte de mi trabajo se centra en la capacitación en derechos humanos de las mujeres. Por lo tanto viajo con frecuencia. Y hay meses, como marzo, en que puedo tomar dos aviones en un día, dar una conferencia o un taller, tomar dos vuelos al día siguiente para llegar a casa, y repetir la rutina cuatro o cinco días después.

Así que de prodigioso, nada. Hasta que unas niñas -¿quiénes si no?- me lo recordaron.

Era un vuelo de Chiapas a la Ciudad de México y desde que abordamos escuché las exclamaciones de emoción.

Durante todo el vuelo casi pude sentir su fascinación, al tiempo que en la revista de Aeroméxico leía el artículo “Conquistadoras del aire” en el que conocí a las pilotas de las que hablo aquí.

Tras el aterrizaje las niñas no dudaron medio segundo en aplaudir, justo como cuando se acaba de ser parte de un prodigio. Entonces recobré la capacidad de asombro.

Cuántas cosas damos por sentadas en nuestra vida, hasta que las niñas, los niños nos recuerdan que, en realidad, estamos frente a una maravilla.

Escribo esto mientras espero otro vuelo. Pero esta vez lo espero con emoción. ¡Voy a volar!

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